Manuel Ortiz Guerrero
Hay hombres y mujeres en la
historia que no necesitan realmente una presentación demasiado elaborada por lo
resaltante que resulta su nombre por sí solo. Personas que marcan hitos por su
trabajo y su legado, y que quedan por siempre en la memoria, allí existen, allí
permanecen mucho más allá su desaparición física. Ese es Ortiz Guerrero. El poeta novecentista que supo hilar palabras con
tal habilidad que los idiomas no fueron para el más que un mero instrumento
para hacer arte, para hacer magia; lo hizo tanto en guaraní como en castellano.
Mención aparte merece su obra en guaraní, independientemente a él, por lo
representativas que son aquellas potentes líneas para tan dulce lengua.
“No se puede escribir poesía después de Auschwitz”, anotó en sus
apuntes Theodor Adorno un pensador judío que había sobrevivido de los Nazis.
¿No se puede? Resulta a veces bastante curioso como suceden las cosas en la
historia. En Paraguay la pos guerra de la Triple Alianza vio nacer a la
generación de mayor potencia intelectual en su historia. Manuel Antonio Ortiz
Guerrero, o Manú como le apodaron cariñosamente sus compañeros de escuela en la
romántica Villarrica de principios del Siglo XX, cuna pródiga de intelectuales y artistas, no estuvo ajeno a esto,
y con la punta de su pluma que podía herir como una navaja o curar las más
penosas heridas del alma cuan ungüento mágico plasmó en papel poesía de la más
bella que haya podido escribirse en este pequeño país del cual “el infortunio
se ha enamorado” y que “por ser de todos, no es de nadie”.
Pero no todo fue poesía en la
vida de Manú. Susana Guerrero –su madre- falleció al momento de darle a luz.
Quedó a cargo de su padre Vicente Ortiz y su abuela Vicenta. Se muda a Asunción para continuar sus
estudios secundarios en el Colegio Nacional de la Capital. Falleció aquejado
por la lepra antes de cumplir los cuarenta años. La corta edad en la que
falleció no fue impedimento para que dejara un legado extraordinario para el
poemario de la historia paraguaya.
Sus biógrafos destacan de manera muy repetida y enfática dos personas:
Por un lado, su compañera de vida, Dalmacia, que le aceptó con los defectos y
virtudes de un bohemio y permaneció a su lado hasta el último suspiro, cuando
la tuberculosis le dio el tiro de gracia para terminar con el largo sufrimiento
que le había dado la lepra, y por otro, su gran amigo, José Asunción Flores, a
quien de manera desesperada en sus últimos momentos de vida buscaría hacer
volver del frente de batalla del Chaco en el año 1933, y con quien soñara hacer
conocer en Buenos Aires (puerto de salida más practico de Paraguay para el
mundo en aquel momento) como en el globo la dulce creación de la Guarania.
Manú penetró con su poesía en lo más profundo de la cultura popular
paraguaya, y sus cantos, prosas y sonetos tienen vigencia hasta nuestros días.
Difícilmente se pueda quitar a tan elocuente poeta de la memoria colectiva de
un pueblo como el nuestro. Su obra es
magnífica, su legado inigualable.
Es además un ejemplo brillante de que la esperanza soñadora de la
juventud puede llevar adelante, aún en las situaciones desfavorables en que la
vida coloca a veces, y que la esperanza realmente, por lo menos, debe ser lo
último en perderse. Se debe soñar con intensidad, pues una persona que no
sueña, por inalcanzables que puedan parecer los sueños, es una persona que ha
perdido las ganas de vivir. Según cuenta Luis G. Benitez en su obra “Breve
Historia de Grandes hombres” (1986), en ese tiempo de “bohemia
despreocupada”, con muchos días sin pan pero endulzados de esperanza, el joven
vivía en un cuartucho destartalado, rimando y soñando con la gloria y cuando
repentinamente se sintió herido por la lepra y regresó a Villarrica, para esconderse y esperar la
muerte con dignidad adquirió a crédito
una vieja imprenta y, ayudado por su abnegada compañera, se puso a trabajar con
ahínco para ganar su pan honrado y pagar la asistencia médica imprescindible a
su dolencia.
Manú estará por siempre entre
nosotros, y en especial, en quienes amamos la literatura y soñamos con un
Paraguay mejor.
Iván Rojas Vega
NDE RENDAPE AJU
Mombyry asyetégui aju nerendápe romomorã seguí
ymaite guivéma reiko che py’ápe che esperansami
mborayhu ha yuhéigui amanombotáma ko’ápe aguahêvo
tañesûna ndéve ha nde poguivépa chemboy’umi.
II
He’íva nde rehe los karia’y kuéra pe imandu’a hárupi
kuña nde rorýva música porãicha naimbojojahái
che katu ha’eva cada ka’aru nde rehe apensárõ
ikatuva’erã piko che ichugui añembyesarái
Yvoty nga’u hína ko che rekove
aipo’o haguã rojapi pype.
III
Ku clavel potýicha neporãitéva repukavymirõ
neporãitevéva el alba potygui che esperansami
Na tañemondéna jazmín memetégui che rayhu haguãicha
ha ku che keguýpe che azucena blanca che añuami.
Che azucena blanca ryakuãvurei,
eju che azucena torohetûmi.
Manuel Antonio Ortiz Guerrero








0 comentarios:
Publicar un comentario